La dictadura de lo cool

Obra: La dictadura de lo cool
Género: Mein eigener “Fall Wagner”

I feel stupid and contagious
Here we are now, entertain us
Cayo Julio César Augusto Germánico, Calígula

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Una noche conversaba con Cynthia sobre compañías teatrales. Ella declaraba que no le gustaba el trabajo de Los Contadores Auditores porque lo consideraba como mera moda. Yo le rebatí diciendo que ellos, a pesar de su estilo pop masivo, no eran un grupo de moda porque no habían otros grupos jóvenes que intentaran imitarlos. Le contraargumenté que quienes mejor podían catalogar como “grupo de moda” era La Re-sentida, porque cada mes me tocaba ver a alguna compañía recién formada que les copiaba escenas de Simulacro, Tratando de hacer una obra que cambie el mundo o La imaginación del futuro, pero que no les llegaban ni por asomo al mismo nivel de desparpajo y dedicación. Además proponía que La Re-sentida rompía su propio molde tras cada obra. Hasta ahora.

Lo que viene a continuación es un tratado sobre la desilusión.

Tenía expectativas de esta nueva obra. Idealmente trato de controlar las expectativas porque perturban bastante la percepción y el juicio de una obra, pero aún así Tratando de hacer una obra que cambie el mundo y La imaginación del futuro habían sido experiencias energizantes, así que tenía un registro positivo de la compañía. Lo que era peculiar porque otras compañías con estilos similares nunca me han conseguido entusiasmar. A Teatro La María la tuve por un largo tiempo en el congelador y la saqué de ahí sólo porque recibí demasiados buenos comentarios de Los millonarios, que me pareció un buen texto pero en un montaje predeciblemente saturado de gritos. Que con La Re-sentida no me molestara un estruendo escénico equivalente es algo que todavía me llama la atención.

Quizás porque me entretenía con el sarcasmo insistente e iconoclasta que proponían, en especial con Tratando de hacer una obra que cambie el mundo, donde se mearon sobre el ombliguismo cortoplacista del ambiente artístico. La reseña de La dictadura de lo cool, sobre un Ministro de Cultura recién asumido que decide derribar el mundo elitista de su séquito circundante de amistades bohemias, parecía que iba a desarrollar más profundamente las ideas de esa obra anterior. No fue el caso, por un asunto de contexto: los personajes de Tratando de hacer una obra que cambie el mundo resultaban reconocibles porque comparten la pobreza presupuestaria del hábitat cultural local. En cambio, los burgueses progres de La dictadura de lo cool son alienígenas, porque sus referentes son los culturetas europeos, esos mismos que le financian la estadía a dramaturgos decepcionados.

Pero como el teatro es ficción y la sátira es extravagante, se acepta inicialmente la propuesta. Así comienza la obra con una fiesta salvaje en la casa del ministro, quien bien arriba de la pelota anuncia, sin explicación de por medio, que los reemplazará a todos de sus puestos apitutados de trabajo por gente común y corriente, sin vinculación con el arte. Los artistas, asustados por la caída de su sistema, deciden aliarse y enviar a la performer del grupo, quien mantiene un vínculo de amistad con el ministro desde jóvenes, para convencerlo de que desista de tal idea. Hasta aquí la obra marcha medianamente bien, es visualmente apabullante, su ritmo es raudo y la confesión de la performer, de cómo el funeral de la madre del ministro ha sido su principal inspiración artística, es moralmente inquietante.

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De pronto la obra se desvía a una extensa escena grabada en vivo de otra fiesta salvaje más, esta vez en algún punto turístico del sudeste asiático. Una escena larga, muy larga, demasiado larga. Tanto que empiezo a perder el interés, porque ver desnudos en teatro ya no impacta ni siquiera a una vieja cuica y los consumos ficticios de droga sólo sirven para delatar falencias dramatúrgicas. Ahí, en ese inesperado intermedio in-situ, me doy cuenta del grave problema espacial de la obra: como durante la mayoría del tiempo la atención está puesta en la grabación proyectada por la pantalla gigante, el escenario pasa largos momentos vacíos y muertos. Una opción más radical en forma y discurso hubiera sido que se olvidaran del escenario y hubieran proyectado la obra entera como una película, así hubieran resuelto esa esquizofrenia espacial que encajona al montaje.

Después de esa escena, la obra se desinfló como globo de parranda rancia. Vuelven a la historia principal de manera muy forzada sobre la ética en la creación artística, con la declaración de una prostituta asiática que después es la figura principal de una fotografía gigante que decora la casa del ministro. Una vuelta tan ancha como el diámetro del mundo para decir algo repetido, otra vez. A continuación comienza una secuencia de cuadros paródicos del distanciamiento brechtiano: desfile de carteles de causas políticamente correctas, reflexiones someras sobre guerras entre clases sociales, demandas directas a público sobre su pasividad como espectadores. Aquí la obra ya resulta tan primeriza que se repite más que empanada sobrante de Fiestas Patrias.

Pero se sigue sin entender la motivación del protagonista, que a hora y media de duración sólo sabemos que se comporta como psicópata cada vez que es enfrentado por alguna de las demás caricaturas. Hay que cerrar de alguna forma, y así llega una horda ex-machina como revolución social instantánea para acribillarlos a todos. Honestamente, considerando lo nulamente empatizables que son los personajes daba lo mismo si morían por una revuelta, el virus Zika, un meteorito, un envenenamiento por gas licuado o los “caminantes blancos”. Porque sólo son estereotipos de caricaturas y por ende no tienen ni cuerpo, ni dolor. Supongo que la justificación de la obra a todo esto tendrá que ser la frase que llega pintarrajeada en un telón al final:

“Hacer la revolución no es hacer una obra de arte, no puede ser tan elegante, tan amable y magnánima. Una revolución es una insurrección, es un acto violento mediante el cual una clase derroca a la otra”

Una cita adaptada de Mao Zedong. ¿En serio? Mao, ese joven revolucionario que después devendría a líder supremo reaccionario. Él mismo quien para evitar el auge de una nueva elite comunista que le amenazara el poder impulsó la Revolución Cultural, proceso que llevaría a la destrucción masiva del patrimonio cultural chino y la persecución política de cualquier persona acusada de contrarevolucionario. Si esa frase se toma en serio, como asumo que lo tomó la mayoría del público que aplaudía ferviente e ignorantemente al finalizar la función, es igual que usar una frase del Mein Kampf de Hitler, con la misma falta de perspectiva histórica. Aparte perdería coherencia el propósito de la obra anterior de la compañía, La imaginación del futuro, donde desacralizaban el estancamiento conductual del izquierdismo.

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¿Y si el uso de esta frase fue una gran joda? ¿Una aplicación de la teoría del empate entre los caracteres ideológicos de ciertos slogans y branding? El problema con el exceso de ironía es que lleva a cualquier discurso a ser visto como insincero, pues cualquier idea puede ser interpretada por su idea opuesta y nunca sabremos que realmente piensan los creadores. Entonces la obra metió sus dedos en una trampa china, donde un camino lleva a la vacuidad semiótica y el otro a una presunta aniquilación. Inconsciente e incautamente acaban propugnando el nihilismo y con eso personalmente no puedo comulgar. Nothing can come of nothing. Speak again.

Cuando salió ese titular perfectamente publicitario de “Los punks del teatro chileno” propuse por redes sociales la pregunta de “¿A qué banda punk equivaldrían La Re-sentida?” La mayoría me contestó Attaque 77, aunque yo los encontraba más parecidos a The Offspring. Pero en esta obra suenan como a blink-182, sobreoxigenados y descafeinados. Es como cuando a una banda de heavy metal se le forma un coágulo mental y decide sacar una versión orquestada de su disco más famoso. Lo que nunca cuaja porque la sobreproducción instrumental termina ahogando la crudeza de las melodías originales. Fascinarse con esta obra es igual que rayarse con la línea “No future, no future, no future for you”  de “God save the Queen” de The Sex Pistols, ignorando que John Lydon (ex Johnny Rotten) terminó haciendo un comercial de mantequilla. El futuro siempre llega y los exámenes de sangre advierten que es adiposo.

Aunque en Tratando de hacer una obra que cambie el mundo previeron el dilema cultural que surgiría con la llegada de un gobierno de derecha y en La imaginación del futuro se anticiparon a la debacle local de los conglomerados políticos, en La dictadura de lo cool llegan tarde para replicar inconsistentemente sobre una protesta social igual de inestable. El año pasado publiqué un saludo navideño donde bromeaba con que deseaba que las compañías jóvenes dejaran de imitar a La Re-sentida. La verdad es que me resulta igual de fome que los alumnos recién salidos de las escuelas imiten exactamente a quien consideren como maestro, sea Alfredo Castro, Ramón Griffero o Andrés Pérez (ya déjenlo descansar en paz). Ahora ese mensaje ha adquirido otro sentido: Chicos, dejen de imitar a La Re-sentida porque apenas se consiguen imitar a ellos mismos.

A un cierre sinítico, va otro: 千里之行始於足下. Tendremos que volver a caminar desde cero.

Funciones: Se presentó del 1 al 5 de junio en Centro Cultural Matucana 100, parte del ciclo Teatro Hoy de Fundación Teatro a Mil. Obvio que regresa en enero, pero sugiero que gasten su tiempo en mejores obras y déjenla para los programadores extranjeros, quienes son el verdadero público objetivo de esta obra.

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